El Reino De Nala y Simba

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[#1] Primer encuentro | Historia de Ahadi y Uru

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[#1] Primer encuentro | Historia de Ahadi y Uru

Mensaje por Malka el Jue Nov 09, 2017 6:32 am

Me gustaría compartir con ustedes una historia propia sobre Ahadi y Uru, desde que se conocen hasta que se convierten en reyes de las Tierras del Reino. Esta es una historia que en principio estaba pensada para publicarla en una sola vez, pero luego decidí dividirla en partes. Sinceramente, como escribo y publico los capítulos, no sé cuántas partes podrá tener, aunque la primera ya va llegando a su fin en otro foro donde también está publicado este fanfic.

La inspiración para la historia en sí surgió luego de volver a ver Suki, una leoncita valiente (la película se encuentra dividida en varios vídeos en YouTube y fue compartida por un usuario en este foro hace tiempo), así que no es mera coincidencia si hay cosas similares entre esta historia y esos vídeos. También hay personajes y demás cosas sacadas de Las Crónicas del Reino, así que puede tener similitud con alguna de esas historias.

Quiero advertir que no todo será perfecto son leones, no gatitos. Además de que, antes de llegar al "final perfecto" habrán muchos problemas

__________________________________________________________________

Capítulo I
Peleas de hermanos

Hacía unos seis meses que los reyes Mohatu y Asali habían dado a luz a dos cachorros de león. En su momento, todo el reino estaba de alegre por el par de príncipes que habían nacido. Sin embargo, con el tiempo, esos dos príncipes que eran tan tranquilos se convirtieron en un par de inquietos y aventureros cachorros. Sus nombres eran Kigali y Uru. Ha decir verdad, la más inquieta y aventurera era Uru, quien siempre terminaba arrastrando a su hermano con ella. Kigali era el más tranquilo de los dos. Prefería mucho más tomar una larga siesta acurrucado al lado de su madre o escuchar las historias de su padre o Makedde, que ir haciendo travesuras por ahí todo el tiempo. A Uru también le gustaba pasar tiempo con Makedde y escuchar sus historias, pero de todas formas era bastante inquieta.

Sin embargo, la personalidad no era lo único que los diferencia a los dos hermanos. También eran algo diferentes en apariencia. Kigali era muy parecido a su padre, habiendo heredado su pelaje castaño, pero sus ojos eran verdes como los de Asali. Por otro lado, Uru había heredado el pelaje rojizo de su abuela Malkia, la madre de Asali, pelaje que también compartía con Kigali, la hermana de Asali. Además, sus ojos eran rojizos, heredados de su abuelo materno, Mfalme.

Los dos príncipes crecían a un ritmo bastante acelerado y, a medida que crecían, sus juegos se hacían cada vez más rudos, siendo las luchas el juego preferido por excelencia de Kigali y Uru.

—¡Vamos, Uru! —chilló Radina, una de sus amigas, alentando a la princesa a ganarle a su hermano.

—¡Tú puedes, U! —se le unió Miba, otra de sus amigas.

—¡Dale su merecido, Kigali! —gritó Fleck, dándole ánimos a su amigo.

El hecho era que, como siempre, Uru y Kigali estaba jugando a las peleas y, como era costumbre, sus amigos alentaban por cada uno de ellos: las chicas alentaban por Uru, y Fleck alentaba por Kigali.

—¡Ríndete, torpe! —gruñó Kigali, saltando sobre Uru.

—Ríndete tú, ¡torpe! —contestó ella, dándole un zarpazo y saltando sobre el cachorro.

Ambos forcejearon por un rato, se tumbaron en el suelo, se lanzaron zarpazos, patadas y mordidas buscando inmovilizar al otro y lograr que se rindiera. Sin embargo, ambos eran muy buenos... y muy obstinados, por lo que ninguno se rendía. En determinado momento, Uru lo tomó desprevenido y logró inmbolizarlo al sujetar fuertemente sus hombros contra el suelo.

—¡Te gané! —se burló—. Una chica te ganó.

Entonces, Kigali se la quitó de encima y se lanzó nuevamente sobre Uru, comenzado a morderle las orejas. Uru, enojada por el dolor que le provocaban sus mordidas, le dio un fuerte zarpazo a su hermano para quitárselo de encima.

—¡Ugh! —gimió Miba, entornando los ojos y girando levemente la cabeza—, eso debió doler.

—¡Vamos, Kigali! —exclamó Fleck.

El cachorro se puso de pie nuevamente y arremetió contra su hermana, mordiendo y tirando más fuerte de las orejas, tanto que le hizo una pequeña herida.

—¡Ay! —chilló y se lo quitó de encima. Se sentó en el suelo y un gota de sangre calló en la tierra—. ¡Eres un BRUTO! —bramó la cachorra.

Sus amigos dejaron de alentarlos y se acercaron a ellos con expresiones preocupadas. Radina incluso comenzó a lamer la herida de su amiga.

—¿Estás bien, Uru? —preguntó Miba.

—¡¿Eres tarado o te caíste de la Roca del Rey y te golpeaste la cabeza?! —le espetó Uru a Kigali, ignorando la pregunta de su amiga.

—¡Tú empezaste! —dijo el cachorro, poniéndose de pie y clavándole sus ojos verdes.

—¡¿Yo empecé?!

—Me golpeaste fuerte, ¿no?

—¡Porque TÚ me mordiste fuerte mi oreja!

—Eres una niña.

—SOY un niña, Cerebro de Hiena.

—¡¿Cómo me dijiste?!

—¡Cerebro de hiena! —repitió fuerte y claro—. Cerebro de hiena. ¡Tienes el cerebro de una hiena!

—Y tú tienes... tienes... —empezó a balbucear, buscando un insulto para decirlo—... ¡Y tú tienes cara de trasero de mandril!

Suerte que Uru contaba con abundante pelaje sobre su piel, porque sino en ese momento su cara sería tan roja como su pelo. Roja de tanta ira.

—¡¿Qué?! Será mejor que lo retires, Kigali.

Eran raras las veces que Uru llamaba a su hermano por su nombre tal cual era. Que lo hiciera en algún momento quería decir que estaba muy enojada, o algo la preocupaba mucho, o debía decirle algo importante. Dado el caso, en ese entonces lo decía porque estaba muy enojada.

Kigali hacía lo mismo con el nombre de ella.

—No lo haré.

—¡¡Hazlo, Cerebro de Hiena!!

—¡No!

—Si no lo haces, juro que te daré tu merecido.

—Quiero verlo, hermanita.

En ese momento, Uru se lanzó sobre ella, gruñendo y tratando de morderlo. Ya no era como momentos atrás, cuando ambos peleaban amistosamente. Ahora ambos peleaban de verdad, con sus pequeñas garras extendidas y todo.

—Chicos, paren ya —dijo Miba, alarmada.

—Deténganse, por favor —pidió Radina.

—Compañeros, ¿qué te costaba pedir perdón? —indicó Fleck.

Nada parecía lograr detener a los dos hermanos que se creían dos leones adultos peleando. Y la verdad es que era una suerte que todavía no supieran pelear bien, y que sus garras y dientes no fueran tan poderosos, porque a esa altura ya alguno de los dos tendrían algún rasguño o herida por la pelea.

Sus amigos no sabían qué hacer para detenerlos, hasta que Miba comenzó a correr hacia la Roca del Rey. Radina vio a su amiga huir, y no supo que hacer. Finalmente decidió quedarse.

Luego de unos minutos, la cachorrita llegó con Mohatu siguiéndola.

—¡¿Qué sucede aquí?! —exclamó mientras miraba severamente a sus hijos. Ellos se detuvieron apenas escucharon su voz, y se apartaron uno del otro con sus cabezas bajas—. ¿Kigali, Uru? ¿Qué pasa aquí?

—¡Dijo que tenía... cara... de trasero... de mandril! —respondió Uru, con todo su enojo, respirando aceleradamente por la agitación de la lucha.

—Y antes ella dijo que tenía el cerebro de una hiena —apuntó Kigali, mirando a otra parte.

—Pídanse perdón —dijo Mohatu con seriedad.

Ninguno de los dos cachorros habló. De hecho, ambos miraron en direcciones opuestas.

—Creo que ustedes y yo tendremos una larga charla —sentenció el rey—. Despídanse de sus amigos y síganme.
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